Quema de rastrojos, una práctica polémica

 

Cada otoño, se lleva a cabo la quema de rastrojos en los campos de cultivo. El impacto de esta actividad sobre la pérdida de suelo fértil, la desertización y la contaminación de las aguas superficiales y subterráneas, sin contar con el riesgo de incendios y la emisión de dióxido de carbono a la atmósfera, son algunas de las consecuencias más negativas de esta práctica.

Esta práctica, que consiste en quemar los restos vegetales que quedan en el terreno después de la cosecha, es tradicional en España y está regulada tanto a nivel estatal como autonómico, pero es desechada en la Unión Europea; países como Alemania, Dinamarca y Gran Bretaña prohiben y multan esta práctica porque esquilma la tierra y perjudica a la atmósfera, acentuando el efecto invernadero.

Según estimaciones del Ministerio de Agricultura, Pesca y Alimentación (MAPA), se queman rastrojos en el 25 por ciento de las tierras de cultivo de cereales de toda España (el 17 por ciento en el área que comprende Andalucía, Extremadura, Castilla-La Mancha, Comunidad Valenciana, Murcia, Madrid y Castilla y León y el 8 por ciento restante en las demás comunidades).

Traducidas a hectáreas, estas estimaciones significan que en 1997 se quemaron rastrojos en 1.707.028,50 hectáreas de cereales (del total de la superficie cerealística, que en 1997 fue de 6.828.114 hectáreas).

No se conocen los datos correspondientes a otros cultivos, como leguminosas y hortalizas, aunque la incidencia de la quema en estos casos es menor.POSTURA OFICIALLa legislación estatal y autonómica somete la quema de rastrojos a diferentes condicionantes.

La legislación autonómica sobre este tema obliga a pedir un permiso a las distintas autoridades competentes en cada caso (Dirección General de Medio Ambiente, Bomberos, Guardia Civil, ayuntamientos, guardería forestal, bomberos, etc.) y hace responsable al agricultor de los daños que puedan producirse.

Establece también un período de tiempo en el cual se permite quemar rastrojos y que varía según las condiciones climáticas de cada zona; en general se prohibe o restringe la incineración entre los meses de mayo/junio a septiembre, cuando el riesgo de incendio suele ser muy alto.

Asimismo, se atiende a las condiciones meteorológicas del día o días escogidos para efectuarla y se obliga al agricultor a hacer cortafuegos, si es necesario, y a vigilar el fuego hasta que se extinga completamente.

El Ministerio de Agricultura ha tomado medidas para fomentar métodos de producción agraria compatibles con la conservación del medio natural, de acuerdo con la reforma de la Política Agraria Común (PAC) de 1992.Así por ejemplo, una norma de 1994 de aplicación en toda España sobre ayudas a los sistemas extensivos en tierras cerealistas, establece la condición de no quemar rastrojos, para ser beneficiario de estas ayudas (que ascienden a 5.500 pesetas por hectárea).

Este condicionante también se establece en otras disposiciones autonómicas. Así por ejemplo, la normativa navarra sobre quema de rastrojos; en el Decreto Foral 236/1991, por el que se fomenta el abandono de la quema de rastrojeras y regula esta práctica, se alude expresamente a lo negativo de esta actividad: es preciso insistir en las medidas conducentes a promover el abandono de la práctica de la quema de rastrojeras, al mismo tiempo que se planifica y regula su ejecución, mientras no se produzca el abandono total de la misma, como consecuencia del convencimiento de los agricultores de lo inadecuado de esta práctica.

Todas las instituciones oficiales, tanto estatales como autonómicas, y las organizaciones ecologistas se muestran favorables a la desaparición de la quema de rastrojos, pero, por el momento, no se ha conseguido que los agricultores abandonen definitivamente esta práctica.

 

INCENDIOS PROVOCADOS POR LA QUEMA DE RASTROJOS

La quema de rastrojos está en el origen de muchos incendios forestales. Los últimos datos, que corresponden al año 1997, arrojan una cifra de 621 incendios provocados por quema agrícola, causa que se incluye en el apartado de negligencias.

En total, de los incendios por negligencia, el 30,98 por ciento se debe a quemas agrícolas.

En el capítulo de incendios intencionados, se incluyen los que son provocados por quemas agrícolas no autorizadas, que en 1997 ascendieron a 2.210.Los meses en que más incendios por quema de rastrojos se registraron, fueron marzo con 138, abril y octubre (88 cada uno).

Esta cifra cayó en los meses de noviembre (9), diciembre (1) y enero (2).1997Enero: 2Febrero: 49Marzo: 138Abril: 88Mayo: 44Junio:39Julio: 48Agosto: 42Septiembre: 73Octubre: 88Noviembre: 9Diciembre: 1Total: 621El período febrero-abril, con 275 incendios, es el período durante el cual se produjeron más siniestros, que representan un 44,3 por ciento de la cifra total de todo el año.

La superficie total afectada por incendios forestales provocados por la quema de rastrojos en 1997 fue de 915,23 hectáreas, un 0,92 por ciento del área total quemada.INVESTIGACIONES SOBRE LOS EFECTOS DE LA QUEMAEl Instituto Nacional de Investigaciones Agrarias (INIA), concretamente en la finca experimental La Canaleja llevó a cabo un experimento que comenzó en 1979 y que duró 12 años, en seis parcelas de 1.800 m2 situadas juntas y en las que se cultiva trigo de invierno.

El objetivo era descubrir si es mejor quemar los rastrojos o enterrarlos. Durante esos doce años, en tres parcelas se quemaron los rastrojos y en las otras tres se enterraron.

Sin embargo, los resultados de este experimento no son concluyentes respecto a los beneficios o perjuicios que genera la quema de rastrojos. La quema tendía a aumentar las cosechas a corto plazo, pero las reduce a largo plazo.

Según algunos expertos, las diferencias que se presentan entre suelos en los que se practica la quema y aquellos en los que el rastrojo se incorpora son fundamentalmente dos: la elevada temperatura de los primeros durante la quema y la diferencia en materia orgánica.

El diferente contenido de materia orgánica hace que el suelo quemado retenga menos agua y esté menos aireado que aquel en el que se incorporó el rastrojo.En este experimento, se analizó la incidencia de la quema en la avena loca, una de las malas hierbas más peligrosas y difíciles de combatir en los cultivos cerealistas.

En un trabajo anterior, se había comprobado que el número de plantas de avena loca desarrolladas en suelos quemados era claramente inferior que las crecidas en suelos con incorporación de los rastrojos.

Sin embargo, en esta experiencia, se advirtió que, a pesar del aparente éxito de la quema sobre el desarrollo de las avenas locas, se podría estar enriqueciendo el banco de semillas de esta mala hierba, una ventaja que puede ser aprovechada por esta mala hierba para producir una infestación incontrolada y peligrosa.

En cuanto a la fertilidad potencial del suelo, después de 12 años de análisis, los resultados son que la quema tendía a incrementar las cosechas en los primeros años, pero tiende a disminuirlas a más largo plazo.

Se detectó un nivel ligeramente más alto de materia orgánica en el suelo cuando los restos de paja se enterraban, pero el ph del suelo era más bajo. Se concluyó también que la quema no influyó en el Nitrógeno total y en el Nitrógeno inorgánico.Los investigadores determinaron que enterrar la paja no afectó claramente ni a las cosechas de trigo ni a las propiedades físico-químicas del suelo.

Desafortunadamente concluyen efectos beneficiosos como el menor riesgo de malas hierbas y la preparación del semillero para la siguiente cosecha son las únicas razones por las cuales se quema el rastrojo después de la cosecha.

 

ALTERNATIVAS A LA QUEMA DE RASTROJOS

Hay unanimidad en contra de la quema de rastrojos, pero lo que ya no está tan claro es qué alternativas tienen los agricultores para preparar el terreno de cara a una nueva cosecha.

Los expertos no se ponen de acuerdo sobre si es mejor enterrar los restos vegetales o simplemente dejarlos en la superficie.

Rafael Díez, Doctor en Biología y Perito Agrícola del Departamento de Investigación Forestal del INIA, opina que, aunque se trata de una práctica milenaria, la quema de rastrojos es una práctica errónea desde el punto de vista agronómico porque manda a la atmósfera los nutrientes que contiene la paja.

Díez cree que lo mejor sería enterrarlo, ya que de esa forma el rastrojo actúa como abono natural: el rastrojo enterrado aportaría nitrógeno, el nutriente más caro, por lo que se podría ahorrar en abonos sintéticos.

Sin embargo, este investigador del INIA comprende las razones de los agricultores para quemar los restos vegetales: Se hace porque es más barato ya que alegan, con razón, que dar un pase de vertedera para enterrar rastrojos dificulta las labores posteriores y puede generar enfermedades.

Mario Rodríguez, de Greenpeace, afirma que, aunque sea una práctica ancestral, la quema de rastrojos no es una práctica correcta, ya que entraña riesgo de incendio y además el rastrojo es un residuo orgánico susceptible de utilizarse como abono o como fuente de energía en centrales de biomasa. Con ello, indica que además de ahorrar energía, se contribuiría a generar empleo en las áreas rurales.

Rodríguez cree que la desaparición de esta práctica pasa por la educación de los agricultores y las correspondientes ayudas.

Desde Ecologistas en acción, Juan García Vicente también se muestra contrario porque el fuego afecta a los roedores, aunque reconoce que es muy difícil perseguir al que lo hace porque hay que cazar al infractor in situ.

 

AGRICULTURA DE CONSERVACIÓN

Vicente Flores, Jefe de Área de Producción de la Subdirección General de Cultivos Herbáceos (MAPA) señala que la quema mineraliza la materia orgánica y con ello se aporta nitrógeno, fósforo y potasio.

Así se logra una fertilización inmediata, pero a medio y largo plazo se reduce la materia orgánica del terreno.

A su juicio, enterrar el rastrojo tampoco es la solución ideal, ya que puede generar enfermedades en el suelo. Flores señala que las técnicas conservacionistas optan por labrar el suelo lo menos posible: ni la quema, ni el enterramiento, sino el no laboreo o el mínimo laboreo.

Con ello se ahorra energía, disminuyen los costes y la erosión del terreno por lluvias.Al mantener la cubierta vegetal se evita la erosión y se enriquece la materia orgánica.

El efecto de este mínimo laboreo en un plazo de 4 o 5 años supone un aumento de los rendimientos, una bajada de los costes de producción, una menor erosión y menor emisión de partículas contaminantes a la atmósfera.

¿Por qué se mantiene la práctica de quemar los rastrojos? Vicente Flores afirma que se debe a que facilita el laboreo posterior; si llueve, la paja y la humedad forman una especie de cemento y labrar se hace más difícil; el agricultor tiene que quitar el atranque de los aperos constantemente.

Hay una cultura agronómica que hay que cambiar, pero requiere inversiones porque hay que cambiar el equipo de producción de la explotación; el agricultor tiene que comprar sembradoras y abonadoras especiales para el no laboreo, asegura Flores.

En España, el no laboreo, ha empezado en el olivar, ya que este cultivo no necesita sembradora y el sistema de abonado es diferente.

Esta técnica es más sencilla de aplicar en el caso de los cultivos leñosos y zonas con pendiente, pero no en el de los herbáceos (donde supone un sistema productivo diferente), precisamente aquellos en los que la quema tiene una mayor incidencia.

El MAPA piensa fomentar esta actuación y algunas comunidades autónomas ya han presentado propuestas de no laboreo. El Decreto Foral de Navarra de 1991 anteriormente citada establece una subvención para la adquisición de picadoras de paja para facilitar las labores de enterrado sin quema de los restos de la cosecha anterior.

Vicente Flores concluye: Hay que procurar que aumente la fertilidad del suelo. Es comprensible que los agricultores quemen, pero la solución a medio plazo es incorporar la agricultura conservacionista con apero mínimo.

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